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La última escritura teatral de la autora Flavia Radrigán, Azul de Prusia, plantea la impunidad como sistema de convivencia naturalizado y normalizado en nuestra sociedad y, por ende, en el mundo.
Los antecedentes que llenan las páginas de la historia así lo avalan y, nosotros como país y sociedad, no somos la excepción a aquello. Aunque para el estallido social del año 2019 se estuvo a punto de transgredir aquel paradigma.
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Umberto Eco, teórico y escritor italiano expresa que la escritura debe impulsar su entendimiento más allá de lo leído. La obra de Flavia Radrigán, Azul de Prusia, a la vez que transforma su escritura en un manifiesto de principios, expone la memoria como un sitio fracturado y un espacio de combate. Siendo la memoria un lugar en constante peregrinación y juramentos no cumplidos, esta obra transforma su escritura y muta su visión de justicia, renovando el “ni perdón ni olvido” en un giro travestido.
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La historia nos sitúa en el umbral del siglo 2000. Cuando el país vive con la incertidumbre del término de un siglo e inicio de uno nuevo con renovados bríos y cambios, el personaje Antonia entra a una comisaría con una caja entre las manos en busca de Luis Antonio López Santander. Un detective que no la reconoce. Dentro de la caja hay una historia familiar quebrada, una infancia al costado del Zanjón de la Aguada y una verdad que ningún informe policial puede cerrar. Entre tazas de té, burlas, amenazas y verdades mutiladas, la historia conlleva una pregunta incómoda:
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¿Qué ocurre cuando los muertos ya no aceptan seguir enterrados?
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De eso trata Azul de Prusia. De muertos enterrados con demasiada memoria. Y de muertos caminando con nula memoria.
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Entonces, este montaje Azul de Prusia, es una vuelta de tuerca al tema que nos ha tenido amarrado al mismo yunque durante éste último medio siglo. Y, estando resignados con que la justicia se anuncia pero no se presenta, la llegada del nuevo siglo re-nueva y moviliza las esperanzas de Antonia de abrir la caja de pandora, tal como removió la conciencia en el país de que el cambio había llegado y estaba ad-portas.
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La puesta en escena nos presenta a actores que se mueven sólidos en el espacio, el personaje del detective que interpreta el actor Roberto Poblete (Luis Antonio López Santander) un funcionario policial administrativo menor cerca de jubilar, que tiene como norma no remover el pasado ni dejarse impresionar por nada, ha ido modelando un ser curtido a punta de fracasos y mentiras encerrado en una oficina estrecha, escéptico de todas las declaraciones que debe escuchar para los informes que tipea, desborda una energía telúrica arrolladora. Antonia, que es interpretado por el actor Gonzalo Pinto, nos deja ver un ser humano decidido a terminar su vía crucis de heridas familiares, con sutiles acentos del cambio que ha vivido, pero enérgico ante un futuro sombrío. Y el agregado que brinda la autora Flavia Radrigán, interviniendo la acción escénica no como personaje sino como la autora que es, abre caminos narrativos iluminando esos momentos de la creación escénica que son vetados al conocimiento general.
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Lo que suceda con la autora con esta incursión en escena, diciendo que no forma parte de la ficción ni pretendiendo iniciar una carrera de actriz, solo ella conoce el significado e importancia que tiene en su quehacer escritural esta incursión.
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¿Es necesaria una obra más de este tipo, con la misma temática que se ha venido escribiendo hace 50 o 60 años?
Si y No.
Solo es necesaria en la medida que se asuma que la impunidad es real y se busquen maneras novedosas de transparentar la suciedad que la alfombra ya no cubre al perder su espesor.
FICHA ARTÍSTICA: obra Azul de Prusia. Dramaturgia: Flavia Radrigán A Elenco: Roberto Poblete Z. / Gonzalo Pinto G. Dirección: María Helena de Oliveira. Diseño Integral: Laura Gandarillas. Producción: Macarena Tapia. Se presentará en Matucana100 desde el 16 de julio al 2 de agosto, de jueves a domingo. Coordenadas: Matucana 100 / 16 de julio al 2 de agosto /jueves a sábado 19:15 domingos 18:45hrs







