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EL PRIMERO DE LOS GESTOS

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Una brillante ex – alumna, con más de veinte años en el ejercicio de la profesión de su madre y abuelo, llama al responsable de algunos contenidos que ayudaron su formación.

“Profesor, ¿cómo se llama esa bailarina rusa que entraba de espaldas moviendo los brazos como si se hubiera sacado los huesos antes de entrar a escena? … Disculpe profesor: … pero es que esa imagen me sigue penando y era para recomendarla a unos estudiantes… 

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El ejemplo había sido expuesto hace al menos veinte años, por única vez y en un curso que no era de especialización en danza clásica. Pero la memoria había atesorado el movimiento y su lógica consecuencia: la emoción, que es también movimiento.

No hay ninguna relación entre esta anécdota y la imprudente entrevista en la que un actor joven estadounidense minimizó las otras disciplinas escénicas que permitieron la existencia del cine, técnica de la memoria y lenguaje narrativo que, quizás, tal vez, permitirá al actor seguir vivo virtualmente más allá de su existencia física. 

Pero la sincronía las ha hecho converger para el día de la Danza.

La bailarina era la ya mitológica Maya Plisetskaia (1925-2015) cuya interpretación de “La muerte del cisne” de Camille Saint Saëns es “una de las cosas más de ver que hoy tiene este mundo, querido Sancho… “ como decía aquella imagen idealista, hecha personaje literario, es decir espejo escrito de una humanidad que se lo debió sufrir todo para poder producir a semejante personaje universal, ante el cual uno de los mayores egos que ha producido Europa, Luis XIV, dejó entender con elegancia la envidia que le producía uno de sus nobles que sabía leer español para poder disfrutar en su versión original la inmortal novela, “…que es una imagen”, como nos lo recordaba Vargas Llosa.

Es decir memoria compartida, afectiva y hecha presencia por la magia… que eso es imagen: un movimiento, un gesto, una expresión muda de lo invisible, que nos hace sentir que hay algo esencial entre varios individuos que existen juntos y que eso permanecerá en el tiempo, porque es esencial. 

“El Principito”, “El Quijote”, Cisnes… de cuello negro natural, no embadurnados por los residuos industriales de las empresas codiciosas de la zona valdiviana… lo esencial es invisible para los ojos, pero no para el alma del colectivo humano.

Es por eso que la danza es la memoria más larga de la cultura humana. Es cierto que compartimos eso con mucha de la parentela mamífera, también con las abejas y con los pájaros, pero… ¿será posible con una  tarántula espacial?…

Un involuntario astronauta se descubre absolutamente solo en una inmensidad nocturna aterradora. Solo escucha las voces de la estación espacial, que desde hace quizás cuántos años le está comunicando instrucciones y creándose recuerdos, tal vez falsos, pero útiles para su misión de salvador de la humanidad. Parece un Cristo resucitado en las superestrellas  cercano al planeta Venus a la imaginaria línea Pavlova… Desconcertado en una nave espacial e implorando por compañía, empieza a recibir desde fuera unos objetos metálicos de difícil interpretación, hasta que comienza a verse retratado en ellos.  En rápido proceso descubre que la chatarra espacial que tiene al frente es una nave tripulada por… otros ¿seres? o ¿aparatos? ¿Cómo saberlo? Imitándose mutuamente en sus movimientos descubrirán… el lenguaje corporal, es decir los movimientos repetidos y variados, ritmados, con que enviamos señales de nuestros sentimientos interiores, es decir… a través de la danza. “Proyecto Fin de Mundo”, película hollywoodense, exitosa y altamente futurista y tecnológica, nos viene a recordar que en el principio la danza nos unió para que juntos diéramos un salto “al infinito y más allá”, que es el mejor desafío que la vida puede ofrecernos, cuando todo está en peligro. 

Perdón, he cruzado el umbral de la reflexión y desembocado en la imaginación… Hay una frontera entre una y otra, una zanja y un control de aduanas. No vaya a ser que el pensamiento y el lenguaje vayan a …ponerse de acuerdo y terminemos diciendo lo que realmente estamos pensando sin frontera ni filtro, ni respeto, que es la distancia, la pausa, el recogimiento con que el grupo humano, el primigenio y el actual, elevan al gesto como símbolo de todo lo que nos convoca. Por eso en el principio, cuando aún éramos simios o semejantes, fue la danza la que tendió puentes, vínculos y necesidades de ser con los otros.

Tal vez por eso era necesario recordar que esa bailarina estaba recordándonos la fragilidad de la vida, la urgencia de la memoria y la terrible amenaza que pende sobre la belleza de los cisnes, cuya gracia entorpece la posible alma de las industrias, que contaminan lo que no conocen, porque al igual que la adolescente protagonista de la película noruega “Sueños de Oslo” (ganadora del Festival de Venecia del año pasado), que al recibir un elogio por su prometedor talento para la danza, responde:  “No me interesa bailar, hay que abolir la danza clásica porque repite los esquemas sexistas del patriarcado”.

Un último detalle, que puede ser coincidencia: Ana Pavlova (1882-1931) la más famosa bailarina clásica de la primera mitad del siglo XX. Fue ella quien estrenó “La Muerte del Cisne” y en la película su apellido marca una línea entre la luz solar menguante y las tinieblas definitivas.  Aquellas que hacen reflotar la necesidad de volver a Plisetskaia en un registro que está filmado. 

“Lo esencial es invisible… dice El Principito, pero es filmable y, definitivamente, bailable, reconocible y necesario, porque es una imagen…en la que se reconoce alguien que siente algo… que mueve, remueve, conmueve y emociona hasta las tarántulas de piedra.

Foto: Maya Plisetskaia.

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