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FUEGUINAS: RITUALIDAD ESCÉNICA Y GEOGRAFÍA DEL DESPOJO

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¿Cómo se cuenta la historia del exterminio de un pueblo? ¿Cómo debemos nombrarlo: exterminio, desaparición, extinción? Las preguntas que atraviesan Fueguinas no operan únicamente como marco conceptual del montaje, sino como una zona de fricción ética y política desde donde la obra articula su dispositivo escénico.

La propuesta, dirigida por Natalia García-Huidobro, con dramaturgia de Isidora Stevenson y coreo dramaturgia de Pablo Zamorano, construye una ficción interdisciplinaria sobre la memoria de los pueblos originarios australes, particularmente el pueblo Selk’nam, a partir de una escena depurada, ritual y atmosférica. El imaginario conceptual de la obra aparece sobretitulado por conceptos como ORIGEN, SANGRE, VOZ, RESISTENCIA, OSCURIDAD y MUERTE, mientras los cuerpos despliegan un tránsito coreográfico suspendido en una temporalidad contenida y ceremonial.

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La obra comienza con el escenario vacío y un gran telón translúcido al fondo, tras el cual circulan las intérpretes-bailarinas Marcela Millie, Noelia Coñuenao, Gabriela Arancibia, Natalia García-Huidobro y Ely Ocaña, en trayectorias elípticas, entrando y saliendo de escena en un movimiento persistente que instala un pulso orgánico y arcaico de movilidad ampliada y trashumante. Desde el inicio, el montaje propone un desplazamiento perceptivo hacia otra espacialidad. Ahí la presencia de Elisa Avendaño Curaqueo, Premio Nacional de Artes Musicales 2022, resulta fundamental: su voz, mediante el ulkantun (canto), y la corporalidad ritual terrenal que instala en escena operan como anclaje político y espiritual con el presente.

Fueguinas construye un dispositivo híbrido escénico de notable coherencia estética y conceptual. La atmósfera sonora, marcada por el viento constante, el humo, la limpieza visual de la escena y el trabajo corporal sostienen un imaginario que no busca responder preguntas, sino abrirlas. La obra no intenta reconstruir históricamente el exterminio del pueblo austral, sino convocar una memoria fragmentaria, corporal y simbólica sobre la desaparición violenta de una cultura y las formas contemporáneas de rememorarlo.

Dentro de ese entramado, la palabra hablada y cantada adquiere una relevancia significativa. Diversas intervenciones textuales emergen como zonas reflexivas que dialogan con la proyección de conceptos y frases sobre la pantalla ubicada en el borde superior de la boca del escenario. El uso de la voz no aparece únicamente como soporte narrativo, sino como una extensión poética y ritual del dispositivo escénico. A nivel de contenido, los textos trabajan referencias míticas e históricas vinculadas al universo fueguino, incorporando una dimensión lírica que alcanza uno de sus momentos más sensibles en el canto solista final de Marcela Millie.

En esa operación emerge uno de los aspectos más interesantes y, a la vez, más problemáticos de la propuesta: el diálogo entre cosmovisiones. La presencia mapuche, a través de Avendaño Curaqueo, adquiere en su primera aparición una fuerza escénica considerable, funcionando como puente entre memoria ancestral y contemporaneidad. Sin embargo, esa misma potencia parece, por momentos, eclipsar la singularidad cultural del pueblo representado, cuya presencia se articula principalmente a través de referencias históricas sonoras y la inclusión subliminal, dentro del diseño sonoro de la puesta en escena, de la voz de Lola Kiepja, considerada la última Selk’nam.

La convivencia de ambos universos culturales abre una interrogante legítima sobre los límites y alcances de la representación intercultural contemporánea. Particularmente cuando el montaje incorpora otros lenguajes escénicos, como ciertas inflexiones corporales cercanas al flamenco, mientras elementos específicos del universo fueguino, como la lengua o archivos culturales más concretos, permanecen en un plano menos desarrollado.

Desde una perspectiva formal, la obra destaca por una factura técnica de alto nivel. La visualidad, el diseño escénico en su conjunto y la composición atmosférica revelan una propuesta completamente contemporánea, cuidada y armónica en la interacción de sus recursos. Esa sofisticación estética facilita su presencia en espacios de programación actuales, tanto locales como internacionales. Sin embargo, ahí mismo aparece la principal tensión crítica del montaje: ¿cuánto de esa pulcritud estética termina amortiguando la violencia histórica que la obra intenta interpretar?

El exterminio aparece envuelto en una belleza escénica cuidadosamente administrada. Y aunque aquello permite que la experiencia se sostenga desde la contemplación y la ritualidad, también instala una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la estetización del horror vuelve soportable aquello que debería permanecer abierto como un urgente llamado a tomar conciencia, y partido, tanto de sucesos históricos como de hechos actuales?

Fueguinas se desplaza constantemente entre ritualidad, contemplación y pedagogía. Existe un cierto didactismo en el modo en que instala sus conceptos, aunque este no resulta invasivo ni rompe la organicidad general del montaje. Más bien forma parte de una estrategia de mediación que busca aproximar al espectador a imaginarios vinculados al exterminio cultural, el despojo territorial y la dimensión femenina ancestral.

La temporalidad pausada de la puesta en escena contribuye a construir una experiencia hipnótica en algunos momentos. No obstante, la reiteración de ciertos patrones coreográficos termina diluyendo parcialmente la intensidad emocional, especialmente cuando la repetición no encuentra nuevas capas sonoras, físicas o simbólicas que la sostengan.

Aun así, Fueguinas consigue instalar un imaginario necesario dentro de la escena contemporánea chilena. Más que representar un archivo histórico cerrado, la obra activa preguntas sobre cómo reconstruimos y estetizamos, desde un presente en crisis, la memoria de los pueblos exterminados.

El principal desafío que deja abierto el montaje quizás reside ahí: en cómo profundizar una autonomía simbólica y cultural del pueblo representado sin que las mediaciones contemporáneas terminen absorbiendo parte de esa radicalidad histórica.

Fueguinas es, finalmente, una pieza escénica sólida, sensible y técnicamente lograda, cuya mayor potencia aparece cuando permite que el cuerpo, el sonido y el rito habitan la escena no como ilustración del pasado, sino como una experiencia viva de memoria y persistencia.

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