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MIRAR TAMBIÉN HACIA ADELANTE

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Discurso de aceptación del periodista, crítico teatral e investigador Javier Ibacache, como Miembro Correspondiente de la Academia de Bellas Artes.

Quisiera comenzar agradeciendo a la Academia Chilena de Bellas Artes por haberme elegido como Miembro Correspondiente. Agradezco a su presidente, a sus integrantes y, de manera muy especial, a quienes propusieron mi nombre y respaldaron esta incorporación.

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Hay algo que me conmueve particularmente en este reconocimiento. Es el hecho de haber sido elegido por pares, por personas cuyas trayectorias están vinculadas a la creación, la interpretación, la investigación, la enseñanza y la reflexión sobre las artes. Recibo este diploma con gratitud y con la conciencia de que una distinción de esta naturaleza supone también una responsabilidad y un compromiso.

La carta en que se me comunicaba esta elección llegó en mayo, en un momento particular. Desde hace algunos meses trabajaba en Corpus Critic, un libro que reúne una selección de las críticas y crónicas teatrales que escribí durante los años 90 y los 2000. Volver sobre esos textos ha significado reencontrarme con las obras que vi, los teatros donde fueron presentadas, los creadores que le dieron forma y también con quien yo era cuando las escribí.

Quizás por eso quisiera esta tarde compartir con ustedes algunas experiencias que permitan entender de dónde provienen las preguntas que me han acompañado.

Crecí en la ciudad de La Calera -a dos horas de Santiago- durante los años setenta y parte de los ochenta.

En mi familia no existía el hábito de ver o ir al teatro, o a otras expresiones de las hoy llamadas artes presenciales. De hecho, mis padres -ya fallecidos- nunca fueron al teatro. No había una oferta cercana que hiciera posible esa experiencia y tampoco existía entre nosotros el hábito o el impulso de buscarla.

A los quince años leí Las tres hermanas, de Antón Chéjov, por una aparente casualidad. No recuerdo muy bien cómo llegó el texto a mis manos. Sí recuerdo con mucha claridad el efecto que me produjo su última escena. Aquellos personajes intentando comprender el sentido de sus vidas, imaginando un futuro que parecía encontrarse siempre en otra parte, conectaron con algo que entonces yo sentía y que probablemente no habría sabido expresar.

Mucho antes de conocer una teoría sobre la recepción o de preguntarme profesionalmente por los espectadores, había experimentado algo sencillo y al mismo tiempo misterioso. Una obra de teatro escrita en otro país, en otro tiempo y en circunstancias completamente ajenas a las mías podía hablarme íntimamente. Pero sabemos que el teatro es más que un texto. 

Mi primer encuentro con la puesta en escena de un texto ocurrió también en La Calera. Fue en un liceo de la ciudad donde la compañía Teatro Itinerante del Ministerio de Educación presentó Como en Santiago, de Daniel Barros Grez. Aunque lo mío no es el teatro costumbrista, guardo ese recuerdo con nitidez, sobre todo por la capacidad de adaptación de actores y actrices a las condicionantes precarias del salón del colegio que nos permitió descubrir algo que difícilmente habríamos conocido de otra manera.

Durante mi adolescencia, la vida cultural que sentía más próxima estaba en Valparaíso. Más tarde, a fines de los años ochenta, comencé a ver teatro regularmente en Santiago cuando inicié mis estudios de Periodismo en la Universidad de Chile. Recuerdo las funciones en El Trolley en plena dictadura. Con cierta precocidad, descubría las obras y al mismo tiempo descubría una ciudad, una generación de artistas, unos espacios de encuentro y una conversación que transcurría entre columnas, comentarios y críticas. 

Mis inicios en el periodismo fueron en la tradición de los reportajes de ciencia para la televisión. Fue una escuela para conocer las estrategias más adecuadas para divulgar contenidos sobre salud o astronomía entre audiencias masivas. Acaso por el exigente método de investigación de ese género, el tránsito hacia el periodismo cultural y la crítica teatral ocurrió de manera bastante natural. Cambió el objeto de curiosidad y permaneció, creo, la misma disposición para la observación y el deseo de comprender.

Tuve la fortuna de comenzar a escribir sobre teatro en los 90 en un momento en que algunos directores y directoras abrían las puertas de sus ensayos a un joven cronista. Aprendí mucho en esas salas, observando cómo una obra adquiere forma, escuchando conversaciones, descubriendo el trabajo que precedía a aquello que finalmente aparecía sobre un escenario, grabando entrevistas in situ.

Y tuve la fortuna mayor de conocer y establecer amistad con Juan Radrigán y Jorge Díaz, dos dramaturgos fundamentales que generosamente me involucraron en más de un proyecto. Aprendí muchísimo de ellos sobre teatro, sobre una manera de observar el mundo, de escuchar a los demás, de comprender que las artes pueden iluminar zonas dolorosas de la experiencia individual y colectiva que permanecen fuera de nuestra mirada.

Con los años comencé a entender de otra manera aquellas experiencias. Cuando conocí el trabajo del sociólogo francés Pierre Bourdieu sobre las prácticas culturales, me interesaron su procedencia, su desplazamiento hacia un mundo cultural que inicialmente no era el suyo y su conciencia de que nuestros gustos y nuestras prácticas tienen una historia y son el resultado de una construcción social.

Encontré allí claves para las preguntas que me acompañaban.

¿Por qué algunas personas sienten que un teatro, un museo o una sala de conciertos son lugares que les pertenecen y otras sienten que no tienen nada que buscar allí? ¿Cómo se construye el interés por las artes? ¿Cuánto depende de la familia, de la escuela, del territorio donde nacemos, de los encuentros que ocurren a lo largo de nuestra vida?

La reflexión teatral de Anne Ubersfeld y, particularmente, su idea de una Escuela del Espectador me ha permitido profundizar en esa línea. El espectador realiza un trabajo. Mira, relaciona, interpreta, recuerda, completa aquello que ocurre ante él. No es el último eslabón de una cadena. Participa activamente en la construcción de la experiencia artística.  

Cuando comencé a trabajar en formación de espectadores y luego en desarrollo de públicos, creo que en algún punto estaba pensando en mis padres y, a través de ellos, en quienes han tenido otros horizontes de posibilidades, marcados por desigualdades y barreras territoriales, educativas y simbólicas.

Quisiera traer conmigo esas inquietudes a esta Academia.

Su reglamento establece como propósito fundamental promover el progreso y la difusión de las artes en todas sus manifestaciones. Entiende ese campo de una manera amplia y habla de creación, investigación, interpretación, práctica, crítica, producción, edición y difusión. Incorpora también las políticas culturales y la educación artística.

Me siento identificado con esa amplitud.

Pienso que contribuir hoy al progreso de las artes implica preguntarnos por las condiciones que hacen posible que las personas se encuentren con ellas. Quiénes participan. Cómo participan. Quiénes permanecen lejos. Cómo se forman los intereses culturales. Qué responsabilidad tenemos las instituciones en la construcción de esos vínculos.

Estas interrogantes adquieren una urgencia particular en el presente.

La vida digital está modificando nuestra relación con el tiempo, con el trabajo creativo, con los demás. Las plataformas, los algoritmos y ahora la Inteligencia Artificial forman parte de la experiencia cultural contemporánea.

Todo esto nos obliga a formular nuevos cuestionamientos sobre las artes y sus públicos.

Creo que la Academia tiene mucho que aportar a esta conversación.

Su historia permite preservar una memoria, reconocer genealogías, valorar a quienes han construido nuestro campo artístico. Esa historia puede ayudarnos a observar el presente e imaginar las condiciones que permitirán que las artes continúen siendo parte significativa de nuestra vida común.

Quisiera participar desde ese lugar.

Agradezco nuevamente a quienes pensaron que mi trayectoria podía encontrar un lugar acá. 

La carta que me comunicó esta elección llegó mientras intentaba ordenar las huellas de un trabajo pasado y me obligó, de alguna manera, a un ejercicio que hoy se nos dificulta pero que necesitamos más que nunca: mirar también hacia adelante. 

El futuro de las artes depende de nuestra capacidad para ampliar el horizonte de quienes pueden encontrarse con ellas. Tuve la fortuna de que ese encuentro ocurriera para mí en La Calera. Espero contribuir, desde esta Academia en Santiago, a que pueda ocurrir para muchos otros.

Muchas gracias. 

Javier Ibacache V.

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